PABLO MCKINNEY: Lo docto no supera los votos

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LOS DOCTOS Y LAS URNAS.- Sólo creen en las urnas si ellas les favorecen; si favorecen al adversario, su destino (el de las urnas) es desconocer sus resultados. Oiga usted, que son cultos e instruidos, leídos y traídos, llevados y contados, y sobre todo son terribles los señores, a quienes no les sientan bien las derrotas, y para explicarlas siempre tiene a mano al otro, a los otros, los demás.

Así como, según Cabral, los argentinos siempre tienen un problema para cada solución, ellos siempre tienen un culpable para cada derrota. A los señores, usted les señala una estrella y ellos miran al dedo. Lo miran y no dejan de mirarlo; pierden una y otra vez y lo siguen mirando. Los doctos consideran que sus doctrinas, sus maestrías y doctorados, son más importantes que los votos, el de Usted y el mío, pero también y sobre todo los de las grandes mayorías, votos grises de gente simple, pequeña en su grandeza, gente que no tuvo tiempo ni ocasión de escuchar al Serrat cuando advierte: “Bienaventurados los pobres porque saben, con certeza, que no ha de quererles nadie por sus riquezas”. Así como nadie debería ser tan pobre que solo tenga dinero, de igual modo, nadie debería llegar a ser tan culto y docto, al punto de perder la capacidad de respetar a los otros y sus votos.

NI VOTOS NI BOTAS.- Tal que unos señores, ilustrísimos ellos, constituidos en Consejo de Sabios para salvar la República, han elaborado el Manifiesto Tercero en donde exigen enjuiciar al presidente de la República, desmantelar las Altas Cortes, la Cámara de Cuentas y la recién instalada Junta Central Electoral, y que sea elegida una Asamblea Constituyente, entre otros puntos, unos más radicales que otros. Pero resulta, que para lograr todo eso, o sea, para controlar el Poder Ejecutivo, el Congreso de la República, para alcanzar la Presidencia y controlar el Consejo Nacional de la Magistratura que nombra las Altas Cortes, los príncipes del conocimiento no cuentan con votos ni con botas. Estos son los momentos en que recuerdo a mi dilecto director de El Nacional de mis nostalgias, don Radha, (don Radhamés Gómez Pepín) y su frase preferida ante un hastío mayor: “¡Ve qué vaina, c…ñ..!”

CON LA FE DE UN MENDIGO.- Tanto conocimiento puede ofuscar. Tanta superioridad intelectual puede arrebatar, alocar e impedir ver lo evidente. De tanto mirar el cielo no debería nadie olvidar ver el bosque: Si algo unifica al pueblo dominicano, es su rechazo a que ninguna élite económica, política, periodística y/o intelectual sustituya su voluntad, sus libérrimas decisiones. En democracia, los doctos no valen más que los votos. Las propuestas antisistema (político-institucional) del Manifiesto Tres de los señores deberían constituirse en los principios fundacionales de lo que sería su nuevo partido político, desde el cual, en plan Juan Bosch 1973, estos duques del saber se lanzarían a las calles a buscar con la fe de un mendigo y la fuerza de la razón, los votos de los electores, y a ganar la confianza de los diversos sectores para, llegado el momentum, la oportunidad, el chance, ganar unas elecciones, que ¡así se componen un son! Esa es la historia del PLD de 1973 a 1990, y finalmente a 1996.

 

SABIDURÍA CAMPESINA.- Todo lo anterior, el campesino dominicano lo explica mejor que los textos de mil tratados de filosofía política: “Para hacer espumas, el hombre ha de detenerse a mear (Ö). Para pescar tilapias hay que mojarse algo más que la espalda”. Sólo entonces, ganadas unas elecciones generales o parciales, tendrán los señores el derecho, la legalidad y la legitimidad para hacer las transformaciones sociales y políticas planteadas en su manifiesto. No antes. Lo docto no supera los votos, por lo menos en democracia