La furia antiinmigrantes de Donald Trump pisotea el frágil equilibrio de la frontera

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El viernes por la tarde en la estación de autobuses de McAllen, Texas, un grupo de mujeres con niños pequeños esperaba para comprar billetes a distintos puntos de Estados Unidos. Eran inmigrantes indocumentadas que habían cruzado el Río Grande con sus hijos en los días anteriores y habían sido liberadas por la policía.

Mientras estuvieron detenidas, una tormenta política que podía haber decidido el futuro de sus hijos había pasado por Estados Unidos. Siguieron camino con una nube de periodistas alrededor ante la mirada atónita de la gente de McAllen, para quienes esto pasa todos los días.

Jaqueline Flores, salvadoreña de 23 años, que llevaba de la mano a su hijo Christopher, de 3 años. Mientras le daban su billete a Miami, contaba que había cruzado el río el lunes, con otros dos menores. Llevaba 15 días viajando después de huir de las pandillas.

Sin saberlo, ella podía explicar por qué le hacía fotos la prensa. En el centro de detención de la policía, donde van todos los interceptados en una frontera que es prácticamente inexpugnable, Flores vio algo extraño: “Había mujeres que las habían separado de sus hijos. No sé las razones”.