Smarlen E. Ayala: Hay un instante justo cuando la tarde cae sobre la avenida y el sonido de las vejigas se mezcla con la música en que La Vega parece hablar en colores. No es metáfora fácil: es una sensación real. Las telas brillantes, los detalles metálicos y los bordados encendidos no solo se ven; se sienten. Y por eso el Carnaval Vegano no se explica únicamente como espectáculo: se vive como experiencia colectiva, donde cada tono funciona como una llave que abre memoria, pertenencia y emoción.
Ese lenguaje cromático se hace aún más potente porque no todos miramos igual. Hay quienes perciben el color con una intensidad particular: lo interpretan desde lo sensorial, lo emocional, lo íntimo. En el Carnaval Vegano, esas miradas encuentran un lugar legítimo: niños que se quedan quietos ante un destello, jóvenes que se identifican con un patrón de colores como si fuera una bandera personal, adultos que regresan cada febrero a buscarse entre el brillo y la multitud. El color, entonces, no es adorno: es vínculo.
Y ese vínculo se multiplica por una razón concreta: la magnitud cultural del evento. Para 2026 se ha informado la participación de más de 230 grupos de diablos cojuelos (Trinidad, 2026). Articulados a través de la UCAVE y autoridades locales, lo que evidencia no solo tradición, sino una estructura comunitaria amplia y activa.
En ese universo de agrupaciones, cada cueva y cada grupo defiende un sello visual propio. Nombres que ya son parte de la conversación popular Las Fieras, Los Broncos, Los Reckless, Las Hormigas, Los Saktclas, Los Reales, entro otros., sostienen identidades estéticas que se reconocen a distancia, como si fueran acentos del mismo idioma. Sus propuestas no solo compiten por impacto: narran barrio, herencia, pertenencia; convierten el color en territorio simbólico.
Pero el poder de los colores no nació con las luces modernas ni con la viralidad. La historia del traje vegano habla de una evolución continua: de épocas donde el sonido de cascabeles y el reflejo de espejos componían un efecto casi hipnótico, hasta el auge de materiales brillantes y técnicas cada vez más elaboradas. Esa memoria ha sido recogida desde el ámbito museístico y testimonial, subrayando cómo luz y sonido construían un panorama irrepetible en los carnavales de antes.
En esa misma línea histórica se recuerda un dato que funciona como símbolo: Rubén Álvarez Valencia, siendo joven, presentó el disfraz de “El Murciélago” en el resurgir del carnaval lustroso de finales de los años 40, como muestra temprana de cómo la imaginación individual empuja la tradición hacia adelante (Museo Carnaval Vegano, 2020). No es un detalle menor: habla de cómo el Carnaval Vegano se construye también desde aportes personales que, con el tiempo, se vuelven parte del patrimonio emocional de la ciudad.
Hoy, cuando se habla de inclusión y diversidad, el Carnaval Vegano ofrece una lección sin discursos forzados: la gente convive porque comparte el asombro. En la avenida coinciden familias completas, visitantes, jóvenes diseñadores, artesanos, fotógrafos, curiosos y aficionados de la tradición. Y el color funciona como mediador: permite que cada quien encuentre su lugar sin pedir permiso, sin justificar su forma de sentir la fiesta. El espectador junto al diablo cojuelo, las comparsas y otros actores forma parte esencial de esa vivencia colectiva, reconocida incluso desde descripciones institucionales del propio municipio (Ayuntamiento de La Vega, s. f.).
Por eso, hablar del poder de los colores en el Carnaval Vegano es hablar de algo más profundo que una paleta brillante. Es hablar de una ciudad que, por unas horas, se reconoce entera: clases sociales distintas en la misma emoción, generaciones distintas en la misma calle, sensibilidades distintas bajo el mismo resplandor. Y en tiempos donde sobran fronteras invisibles, el carnaval deja una verdad simple y contundente: cuando el color se comparte, la gente también se acerca.