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Viaje a una Cuba al borde de la parálisis: “Siento que es el final de la película”

Las calles de La Habana se vacían de tráfico y turistas mientras la población exhausta, que sobrevive al día, espera un desenlace de la asfixia petrolera de Trump

by Redacción
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En La Habana de la asfixia petrolera impuesta por Estados Unidos, amanece con el olor a humo de la quema de basuras que se acumulan en la calle. Apenas pasan coches por el hermoso y largo Malecón, pegado a un mar sin barcos, y se ve gente caminando en silencio. Cada día, la mayoría de los cubanos sale a la calle a inventar, como ellos llaman a buscar todos los métodos posibles para sobrevivir en las condiciones extremas que soportan desde hace años, y desde hace tres semanas, cuando el presidente estadounidense, Donald Trump, amenazó con aranceles a todo aquel que suministre combustible a Cuba, también a esperar.

Tomar un taxi en La Habana es una misión cada vez más difícil que se complica y encarece de un día para otro a medida que los conductores van agotando la gasolina que consiguen racionada. Quien dice un taxi dice un almendrón ―coches antiguos de transporte colectivo―, una gacela ―minibuses amarillos del Gobierno―, un cocotaxi ―un motocarro con caparazón―, un bicitaxi ―un señor que pedalea para dos turistas con sombrilla―, una moto, un triciclo eléctrico y hasta un coche de caballos. Subirse a cualquier cosa que sirva para llegar al trabajo, volver a casa, ir al médico o acudir a una cita implica caminar kilómetros o sumarse a los grupos de personas que esperan, por un tiempo indeterminado pero no menos de 15 minutos y hasta una hora o más, debajo de un árbol, al lado de un puente o en una esquina.

Los cubanos esperan un transporte y comer ese día, enredados en una maraña de obstáculos para conseguir pollo, por ejemplo, a un precio que puedan pagar en medio de subidas desbocadas. Pero también esperan llegar a otro sitio, o que algo pase pronto, o que haya un cambio, casi el que sea, porque empieza a cundir la idea de que hay algo irreversible en esta crisis. “Los viejos dicen que esto no se ha visto en Cuba antes”, dice una joven de 20 años que se sube, después de hacer gestos a varios vehículos y esperar una media hora sin saber si alguno parará, en un enorme Chevrolet de los años cincuenta con reguetón a todo trapo que comparte con otros cuatro pasajeros y el conductor. “Con que lo que venga sea un 5% mejor, ya es algo”.

Apenas hay información sobre qué está pasando. No hay confirmación oficial de que haya una negociación en marcha con Estados Unidos, y si la hay, nadie sabe en qué términos o cómo va a terminar el asedio energético. Los cubanos no saben si se enfrentan a una crisis humanitaria si no llega el petróleo, a un cambio de régimen, a una transición paulatina o a una intervención extranjera.

Pero muchos de quienes trabajan en los sectores que primero han notado los calambrazos de esta situación insólita incluso para estándares cubanos tienen, además de un monumental enfado con el Gobierno, una palabra en la boca: cambio. No es una idea cualquiera en una dictadura que lleva 67 años en el poder, y verbalizarla implica riesgos. Por esa razón, en esta crónica no figuran los nombres reales de las personas que hablan en ella.

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